Egum

La voz me repetía una y otra vez que todo se acabaría cuando le diera sangre.

Cada noche, cada mañana escuchaba su susurro angustioso, que haría usted si no tuviera paz ni de dia ni de noche? Dígame señor oficial, que haría?

Así que le hice caso y conseguí sangre.

No fue difícil pensar a quien sacársela, El se había ganado cada uno de mis odios y tenía más que merecido el cuchillo.

Una llamada y sus instintos de cavernícola lo guiaron a ese hotel sucio cercano a su trabajo.

Sucio, como El...

Un descuido, una jeringa bien aplicada en su cuello y estuvo paralizado al instante, como un perro.
Fue extraño verlo así tan quieto y callado, flashes de imágenes violentas cruzaban por mi mente, de todos los gritos y palizas que me dió.
Lo desnudé totalmente y mientras lo hacía, sentía su olor a sudor y cerveza; volví a recordar cada vez que lo tuve arriba mío violándome salvajemente.

Vomité, si señor oficial. Usted tiene que entenderme, no fue fácil soportar ese olor y esos recuerdos...

Cuando saqué el cuchillo sus ojos se abrieron hasta casi explotar. Ví miedo en ellos y recordé el miedo que yo sentía.

Ví miedo, terror absoluto y me gustó. Me gustó señor oficial...

Cada corte fue pequeño y hacerlos fue un placer. Me sentía cocinando un plato exótico, un manjar.
No, no los conté pero eran tantos que enseguida la cama se tiñó de rojo y las gotas caían a través del fino colchón como lluvia, sobre el viejo y sucio parquet.

Miré sus ojos y ví terribles sufrimientos, gruñía como animal. La verdad me molestaba el ruido, asi que le corté la lengua. Y me gustó tanto cortársela que también me llevé otros souvenirs.
Coloqué los tuppers que llevé especialmente para recolectar la sangre y en menos de media hora tenía cuatro llenos.
Mi tarea estaba cumplida. Ahora tenía que terminar con ese desgraciado que agonizaba de dolor, era asqueroso verlo ahí empantanado en sus propias inmundicias.

Nadie iba a extrañarlo.

Lo rocié con alcohol y se hizo llamas en su infierno de sangre y mutilación.

Al salir nadie me vió y el hotel estaba vacío.

Caminé tranquila las 30 cuadras que me separaban de mi casa y coloqué la sangre en el altar que hice para el Egum que me aterraba hace meses.

Necesitaba sangre y la tenía.

Por último saqué mi vestido de novia y envolví en el los souvenirs.

Manos que ya no volverían a pegarme, pies que no volverían a patearme y pija que no volvería a penetrarme.

La voz dijo que era hora de purificar y quemé la casa entera, todo señor oficial.

Y ahora estoy aquí, vine sola. No tengo miedo, miedo tenía antes, ahora por lo menos voy a poder dormir sin esa horrible voz que me decía:

“Sangre, dame sangre, sangre...”

7 comentarios:

  1. M. J. Howlin dijo...

    Aterrador, mamita. Un placer leerte.

  2. Justiciero dijo...

    uf!. Un relato muy bien hilvanado.

    De víctima a victimario: Cuántas veces se nos cruza por la mente una loca venganza...

    Morbosamente delicioso el leerte.

    Besos y mordiscones

  3. Muy bueno Natalia, usted señorita cada vez escribe mejor.
    Que bueno leerte en sentada en este parquet que nos une, entre otras cosas.
    Besos

  4. Onda mujeres asesinas, no?

    Me gustó, la verdad muy bien llevado.

  5. Natalya dijo...

    Mauri, un honor tus palabras.

  6. Natalya dijo...

    Justi, vos conocés mis luces, me pregunto si queres encontrarte con mis oscuridades...

    Te devuelvo los mordiscones.

  7. Natalya dijo...

    Poeta! que lindo encontrarte acá también. Muchas gracias, siempre un placer que me leas en este nuevo desafío.

Publicar un comentario